La función del arte en el Plebiscito de 1988

Hace treinta años el empoderamiento ciudadano vivió una de sus mayores épicas en la Historia de Chile.

El temor a la muerte, a la desaparición, a la soledad, a la discriminación y a la censura no impidió que la ciudadanía enfrentara, con tan sólo lápiz y papel, a la élite gobernante que había carcomido la confianza, la solidaridad y la dignidad de las personas.

Hoy muchos, de un lado y de otro, dan explicaciones de su actuar en ese momento histórico. Héroes, villanos o personas que vivían una realidad paralela en un contexto que aún nos persigue en nuestra coherencia democrática.

Siete millones 435 mil 913 ciudadanos se inscribieron en los registros electorales, 97,53% del padrón habilitado. Cifra que nunca antes se había alcanzado en ningún proceso político-electoral chileno y que, está más decir, nunca se volvió a repetir en las siguientes décadas.

Con el llamado “Sin odio, sin violencia, sin miedo, no más, vote No”, el arte cumplió un rol estratégico en el plebiscito que significaría la vuelta la democracia en el país, logrando un 54% de adhesión.

A lo largo de la historia, el arte ha tenido diversas funciones, múltiples y combinables, a través de sus expresiones visuales, musicales, teatrales y cinematográficas, las cuales han sido dependientes de una realidad que se desea representar o relatar. Obra, artista y sociedad son inseparables.

La combinación de estas expresiones artísticas, en aquel momento, permitió transmitir el pensamiento de los movimientos sociales, culturales, políticos y religiosos progresistas. Los artistas encargados del mensaje “Chile, la alegría ya viene” lograron hacer una exitosa y eficiente obra audiovisual, que también tuvo su extensión en otros ámbitos de comunicación ciudadana.

El arte expandió la realidad de aquel momento, enriqueció la discusión, sensibilizó sobre el contexto. Porque, a pesar del miedo, era inminente el inicio de una nueva primavera y el arcoiris podía ser el lugar donde todos nos encontráramos desde nuestras diferencias ideológicas.

En contraposición, quienes deseaban perpetuar la cultura del abuso, la discriminación y la pobreza trataron de instalar el concepto “Chile: un país ganador”, al cual se sumó el 43% de los votantes, es decir, 3 millones 111 mil 875 personas. Un considerable e importante número.

Hoy, muchos de los impedimentos para evolucionar hacia una sociedad más democrática, participativa e inclusiva vienen de las resistencias de este 43%. A ello, y hay que decirlo, se suma muchos de quienes fueron parte del 54% y que han utilizado sus funciones artístico-políticas en lograr y perpetuar privilegios que hoy no quieren abandonar. Todo ello ha llevado que existan deudas pendientes y grandes desafíos democráticos al 2018.

La cultura de la elite, que menosprecia a la ciudadanía, aún está presente en nuestra sociedad. Y este es el mayor obstáculo para el desarrollo humano de los países.

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